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Nuestra Comunidad vive según
el carisma que el Espíritu suscitó en San
Benito (480-547). Este monje, sediento
de un encuentro personal con Dios y queriendo vivir el Evangelio
con radicalidad, vive una vida de oración y de trabajo
en el seno de una Comunidad, escuchando la Palabra y cantando
la alabanza del Señor. Su Regla
es una síntesis de la experiencia de los
monjes y monjas que le habían precedido, adaptándola
a Occidente; clara, equilibrada y sobria, es un texto valioso
que ayuda, también hoy, a quienes buscan a Dios.
En el Monasterio aprendemos de Dios, a través de
su Palabra, a vivir en plenitud, sintiéndonos llamadas
por Cristo a ser hermanas. Una vida que no se resume fácilmente,
pero sí quizá con estas palabras:

Que con amor sincero se honren mutuamente. Que
nadie busque su propio interés, sino el de los demás.
Que se amen fraternalmente ( Regla de San Benito,
capítulo 72). Dios nos ha llamado a la convivencia
y a la comunión. Y no sólo a coexistir.

Abiertos nuestros ojos a la luz de Dios, escuchemos
atónitos lo que cada día nos advierte la voz
de Dios que clama: Si hoy escucháis su voz
no endurezcáis vuestro corazón
(Regla de San Benito, prólogo). En la oración
personal, Dios nos habla; nos abre su corazón y nos
invita a conocerlo. La liturgia es una llamada a cantar
con la propia vida, a adorar a Dios en espíritu y
en verdad.

Precisamente así son monjes, cuando viven
del trabajo de sus propias manos (Regla de San Benito,
capítulo 48). Trabajamos para nuestro sustento
y para compartir con los más necesitados, poniendo
en común el fruto de nuestro esfuerzo.

La apertura a Dios se proyecta en capacidad de acogida hacia
todos los peregrinos de la existencia: En el diálogo,
en la escucha callada, nos enriquecemos mutuamente.

Busca la paz y corre tras ella (Regla de
San Benito, prólogo). La Paz es el lema benedictino
por excelencia. Seas quién que seas, Dios te invita
a buscar, a acoger, a construir, y abrir cauces a esa paz
que viene de Él.
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